miércoles, 29 de diciembre de 2010

Ay, madre, una hoja en blanco...

Llevo tiempo pensando en volver a escribir de forma, digamos, "pública", es decir: de forma que eventuales lectores puedan interactuar con las cosas que escribo. Por un lado, me parecía un poco hipócrita pedir a la gente que lea algo de lo que yo escribo cuando yo mismo leo cada vez menos, hastiado como estoy de hacer el esfuerzo de leer para ser recompensado con prácticamente nada. Por otro lado, tenía miedo de que nuestras costumbres ya tan influenciadas por Facebook llenaran un posible texto de "likes" que podrían variar desde "he pasado por aquí y te pongo el like para que no pienses que has escrito para nada" hasta "lo he leído y me ha dejado algo, pero no tengo ganas de elaborar un pensamiento complejo así que por lo menos te digo que me ha gustado".

¿Por qué escribir hoy entonces? El factor desencadenante ha sido, una vez más, el Metro de Madrid. La ausencia absoluta de enfado al perder un metro por escasos segundos significa tantas cosas, y aunque podría dedicar todo este post a escribir en urban mode filosofando sobre las grandes ciudades, creo que, para bien o para mal, esa fase ha quedado superada al menos en la dimensión temporal.

Decía que cada vez leo menos. Esto me hubiera parecido gravísimo hace unos años y sin embargo hoy, aunque todavía me duela un poco reconocerlo, más por mi imagen de "intelectual" que otra cosa, me preocupa bastante poco. No es una postura de autosuficiencia de "ya he leído lo que había que leer porque he leído a Dante, a Shakespeare y a Borges", es quizá que he pasado la fase en que leer te forma, te cambia y te educa, y no lo considero una forma de entretenimiento que se adapte a mis necesidades actuales. Siempre he sido un enemigo del tópico de que hay que leer lo que sea porque leer es bueno en sí. Leer Platón está muy bien pero leer una novela mala (como el 99% de las que lee el 90% de la gente que presume de leer mucho) es, además de un aburrimiento, una pérdida de tiempo. Las únicas lecturas "serias" que he hecho desde hace unos años han sido comics (la mayoría de Marvel donde hay superhéroes en mallas que se pelean y causan explosiones), algunos diálogos platónicos (de los cuales casi todos han sido relecturas), cosas relacionadas con mis hobbies, como la astronomía y el poker (de cuyos puntos en común podría también escribir) y algunos poemas, la mayoría ya leídos también en alguna ocasión.

Creo que leer mucho esperando encontrar un buen autor por casualidad es como hablar con todas las personas que encuentras por la calle esperando que alguna se convierta en un amigo para siempre. Hay pocas personas de las que me fío en cuestiones de gusto artístico, e incluso dentro de este grupo, sé que lo que le gusta a esa persona a mí me dejará frío, apreciando ciertos recursos técnicos pero aportándome nada, no porque sean vacías en cuanto a contenido, sino porque al final las cosas que te dejan una muesca en lo más profundo son verdaderamente pocas. Hace poco hice en Facebook una lista de trece autores que me hubieran influenciado en mi vida y tuve grandes dificultades para pasar de ocho o nueve. El último, anzi, la última, ha sido Alda Merini, que ha entrado en mi vida de la mano de la mujer que amo, como no podría haber sido absolutamente de otra manera. Alda Merini habla del amor, del platónico y de todos los demás, y jamás habría podido llegar a mi vida en otro momento ni a través de otro medio.

Ahora que he nombrado la lista, si pudiera rehacerla sin el convencionalismo de tener que llegar a un número, creo que mis autores se quedarían en Dante, Petrarca, Tolkien, Borges, Benedetti, Merini, Platón y Shakespeare. Podría añadir una lista de secundarios para que se vea que soy un tipo leído, pero los que de verdad han cambiado algo en mí a mis 28 años han sido ellos. Imagino que 2011, que ha de ser por fuerza un año de rinascita, me regale horas en las que poder releerlos y la oportunidad de apoyarme una vez más en ellos para salir adelante.